miércoles, 10 de septiembre de 2008

OBRAS






OBRAS COMPLETAS

La crítica considera que Monterroso es un especialista en revisar, rescribir e incluso inventar géneros literarios, sin embargo, en esta recolección de cuentos, el autor se mantiene relativamente fiel a las características de este género. La originalidad de los mismos estriba, principalmente, en la ausencia de condicionamientos formales, artificio en el que inciden tanto la inscripción de abundantes elementos paródicos como la variedad en extensión de los mismos. En efecto, hay cuentos de una sola línea: «El dinosaurio», pero también los hay que presentan la forma de crónica (muy breve) como «El eclipse» y otros que inscriben la forma más o menos aceptada del cuento como «Mr. Taylor». Ahora bien, más allá de la falacia intencional que se pueda esperar de todo escritor, en el caso de Obras completas, el propósito de la obra (que inaugura con un título tan sorprendente las publicaciones del autor) se incluye en el texto mismo de cada cuento.
Los cuentos que componen Obras completas (1959) son de todos conocidos. «Mr. Taylor» retrata a un estadounidense capitalista perdido en el trópico que, con afán de hacerse más rico, organiza un negocio que consiste en cortar cabezas de nativos para llevarlas a museos de Estados Unidos. El negocio no sólo arrasa al país tropical, sino que además, lo conduce a él mismo a su propia muerte. Es un cuento evidentemente antiimperialista, muy alejado al realismo social todavía imperante en los años cincuenta. El autor ha confesado que lo escribió para responder a una necesidad de atacar al gobierno imperialista de Estados Unidos y a la United Fruit Company que por esas fechas intervino en Guatemala para derrocar el gobierno revolucionario de Arbenz.

En la misma línea se encuentra el titulado «Uno de cada tres», en el que la obsesión de los desesperados por contar sus tristezas a quienes se dejen escucharlos, desencadena una operación capitalista; en «El eclipse», el misionero Bartolomé Arrazola es sacrificado por confiar a ultranza en la ignorancia astronómica de los mayas; en «Sinfonía inconclusa» el descubridor de los dos movimientos finales de la sinfonía concluida admite, con amargura, la imposibilidad de corregir la historia; en «Leopoldo a sus trabajos», un escritor se estaciona perennemente en las formas más pueriles de la escritura, mientras pretende crear para la literatura un nuevo Quijote; en «Primera dama», su protagonista, con el pretexto de la caridad, cumple su sueño homicida al tiempo que destruye el poema de Rubén Darío; el cuento «La vaca», que se sostiene con el manejo de unos recursos lingüísticos sabiamente manejados, subvierte cualquier código formal respecto al género cuento y, por último, el cuento Obras completas, que cierra el volumen, contribuye a hacer de este final uno de los más originales de la literatura en lengua española.

En Obras completas se anuncian las constantes de la obra posterior de Monterroso: el origen literario de su imaginación; el intercambio entre humor y seriedad, que conllevan la trampa en la sonrisa; la relatividad de los valores morales; la parodia y la burla de los estereotipos; la inclinación por la brevedad en la escritura; la crítica del academicismo y la solemnidad; la presencia, aunque sólo anunciada, de los animales con comportamientos humanos y literarios. En suma, cabe destacar la originalidad de un autor que se lanza a la publicación de su primera obra con un titulo tan llamativo y sorprendente, pero que apunta un guiño inteligente y afectuoso a sus lectores, que lo seguirán, guiño tras guiño, a lo largo de su carrera literaria.


MOVIMIENTO PERPETUO


Es el tercer libro de Monterroso y se inaugura con una cita de Lope de Vega: «Quiero mudar de estilo y de razones», es decir, que el autor prosigue con su intención de no crear un modelo fijo de escritura y antes bien se proyecta en el devenir continuo de formas literarias que le permiten, sin embargo, tratar los temas que le interesan desde sus inicios en la literatura. Esta vez, el ensayo, en su variante de reflexión literaria, va a ser la forma predominante en Movimiento perpetuo (1972), si bien, esta obra, como indica su título es un oscilar imparable entre distintos géneros, porque como asegura su autor en el «Prefacio» el ensayo es cuento que, incluso llega a ser poema.


El autor deambula por cada uno de los textos que componen Movimiento perpetuo: en «Las moscas», «Es igual», «De atribuciones» y «Homenaje a Masoch» descubrimos una voz autocrítica, centrada en asuntos literarios y, a un tiempo, desmitificadora de cualquier quehacer intelectual, porque la visión intimista, cargada de ternura que envuelve a estos textos, contribuye a hacer de la escritura un juego catártico, una liberación a través de la parodia y la ironía que aniquila la vanidad de los autores. Y es que las moscas, volátiles y huidizas, efímeras aunque insistentes, dibujadas a lo largo de las páginas del libro y también comentadas en diferentes textos, son las auténticas protagonistas de esta obra al ser propuestas como objeto literario con diferentes valores simbólicos. La mosca, como detonante y motivo, propone al lector un viaje por la literatura universal al tiempo que posibilita el homenaje a distintos escritores que han incidido de una manera o de otra en la vida y en la obra de Monterroso: en «El informe Endimión», escritores como Rubén Darío y Porfirio Barba Jacobs son evocados de soslayo, mientras se apunta la admiración por Dylan Thomas; en «Beneficios y maleficios de Jorge Luis Borges» se anota que este escritor, a quien relaciona con Chesterton, Melville, Cervantes, Quevedo, Felisberto Hernández, Kafka, el cine y la novela policial, le interesa sobremanera.

Ahora bien, junto a los ensayos de reflexión literaria, se inscriben algunos dichos, aforismos, incluso una poesía quechua traducida al español y que tiene por objeto de inspiración a la mosca. Son textos muy breves que puntualizan la marca peculiar de Monterroso en cuanto a la escritura: «Te conozco, mascarita» habla de la timidez y del humor como rasgos de la personalidad del autor; «Homo Scriptor» y «Dejar de ser mono» aluden al talento, no siempre reconocido, de los escritores latinoamericanos; «Ganar la calle» y «Estatura y poesía» prefiguran y avanzan el próximo libro del autor, ya que inscriben frases de Eduardo Torres, el personaje literario de «Lo demás es silencio»; «Fecundidad» es un texto de una línea que ha suscitado encomiables comentarios entre la crítica y, paralelo a éste se anota «La brevedad», compendio de las premisas creadoras de Monterroso, quien, sin embargo, reconoce anhelar escribir textos larguísimos.
Por encima de todos ellos destaca el texto «Onís es asesino», que participa del experimento lingüístico, del juego fonético unido al manejo de conceptos abstractos, tan asiduo a la tradición literaria hispánica, pero que ha convertido a Monterroso en uno de los cultivadores por antonomasia del palíndromo. En conclusión: en Movimiento perpetuo el humor amargo se sostiene por el sabio manejo de recursos lingüísticos a la vez que por la inscripción de agudas y sutiles alusiones conceptuales. El cierre de la obra que revierte al comienzo de la misma es muestra, una vez más, de la originalidad de un autor que se resiste a quedar registrado en un modelo estable de escritura.

LO DEMAS ES SILENCIO

Se trata de la primera y única novela de Augusto Monterroso. Publicada en 1978, narra la vida de Eduardo Torres, sometido a una construcción apócrifa en la que destacan diversas textualidades, entre ellas: los testimonios de sus amigos y colegas, también el de su esposa, Carmen, que constituyen la primera parte de la novela. La segunda parte comienza con unos escritos del propio Torres, que incluyen ensayos de tipo académico sobre El Quijote, los problemas de la traducción, el análisis de un poema de Góngora y culminan con un «Decálogo del escritor», además de una carta de Torres a un editor muy conocido de una revista mexicana. Completan esta parte unos dibujos de animales para celebrar el día mundial del animal viviente, que se complementan con un ensayo titulado «De animales y hombres». Asimismo, en la segunda parte, se incluye una ponencia de Torres que enlaza con el «Decálogo del escritor» y versa sobre problemas en torno a la educación y la enseñanza de la literatura. La tercera parte consta de una selección de aforismos, dichos, refranes y apotegmas publicados en el suplemento dominical de El Heraldo de San Blas, ciudad en la que vive el doctor Torres. Concluye con un Addendum, que explica los procedimientos seguidos para la publicación de este libro que, en palabras de su propio autor, Eduardo Torres, constituye la biografía fragmentada de sí mismo. En «Punto final», Torres declara dejar plena libertad a los lectores para juzgar su obra, una obra que no pretende competir con la de otros sabios hispanistas, aunque sí asegura, que ofrece la posibilidad de suscitar la polémica y las envidias. Como consecuencia, queda retratado en múltiples y fragmentarias facetas, un personaje ficticio, inexistente, pero verosímil y posible; un personaje ambiguo, porque se representa como estúpido e inteligente al mismo tiempo, también sagaz y meticuloso, observador y erudito, brillante y simple. Sin duda, para Monterroso, Eduardo Torres es un dispositivo, tan eficaz como en su día lo fueron las fábulas, pergeñado con el fin de elaborar y expresar una sátira mordaz contra los engaños del mundo intelectual, además de atacar la estupidez humana y reflexionar sobre temas un tanto eruditos, sin caer en la pedantería libresca, todo ello envuelto en la ironía más sutil a la par que en la sencillez léxica más sofisticada.

¿Quién es en realidad el Dr. Torres? ¿Es el alter-ego de Augusto Monterroso? En a novela aparece como un hombre ya maduro, casado, con hijos también casados; aunque el escritor provinciano es una gloria local, lo más sorprendente, es que goza de mucho poder en el mundo editorial y literario. Si bien la vida privada del autor queda detallada minuciosamente —de manera que se nos dan detalles de su carácter en tanto que esposo, padre o amigo— lo que llama la atención de los lectores, en definitiva, es la faceta ambigua, doblemente irrisoria de una entidad literaria muy curiosa, que interesa por el modo en que está construida. Sabido es que a Monterroso hay que leerlo con las manos en alto, y como esta novela es una crónica burlesca de la coherencia imaginativa ejercida sobre el oficio de escritor, tenemos que acordar que el autor Monterroso construye una autobiografía ficticia de sí mismo con agudeza, ingenio, originalidad, y también con sentido del humor. Para que el lector la deconstruya y la haga suya.


EL VIAJE AL CENTRO DE LA FABULA

Editada por primera vez en 1981 en la UNAM, y reeditada en 1982 en la editorial Martín Casillas y en 1989 en la editorial Era —que sirve de punto de referencia para esta reseña— la obra es un compendio de entrevistas realizadas por diversos críticos y profesores a Augusto Monterroso. En la «Presentación» del libro, Jorge von Ziegler asegura que se trata de un epílogo y un comentario de su obra primera, ya que de los nueve diálogos que contiene, el primero data de 1969 y el último, de 1982; es decir, exploran el pasado de Obras completas y La oveja negra y son coetáneos de Movimiento perpetuo y Lo demás es silencio. Monterroso aludía a esta publicación en una página de su Diario que data de 1984. Cuando una periodista le propone hacerle una entrevista, el autor se niega porque asegura «ya son demasiadas entrevistas, tengo un libro publicado de ellas».

El caso es que se siguieron publicando libros de entrevistas, siempre para comentar, explicar y valorar su, por él mismo reconocida, «escasa obra literaria». Los diálogos de Viaje al centro de la fábula son sinceros, honestos, esclarecedores de una trayectoria vital y profesional excepcional, hasta el punto de que parte de la crítica ha sugerido hacer de la entrevista un género literario particular y exclusivo de Monterroso.
A lo largo de distintas entrevistas con otros tantos estudiosos de su obra, descubre aspectos personales e íntimos en relación con su escritura y la repercusión de sus obras en los ambientes académicos e intelectuales. En algunas se tratan sus inicios en la lectura, allá por los años treinta, cuando el joven trabajaba en una carnicería en Guatemala y descubre la necesidad de leer a los clásicos y después a los modernos, con el fin de subsanar, según él, su ignorancia. En otras, el autor se confiesa en asuntos estrictamente literarios, referentes a la forma, al ritmo, a la cosmovisión que permea su literatura. Respecto a su supuesto conocimiento del mundo animal, Monterroso declara con honestidad que sus observaciones provienen de sus paseos por distintos parques zoológicos; no obstante, afirma que es mal lector de novelas y que los géneros colindantes con la biografía, tales como los diarios, memorias y crónicas de viaje, lo colman de felicidad. Otros diálogos dejan entrever de soslayo, porque nunca hay afirmaciones exentas de ambigüedad, las opiniones del autor en torno a los fines sociales y políticos de la literatura. Para el autor, lo personal es político, aunque, asegura, no es tan evidente en su caso. Hay continuas preguntas en torno a su preferencia por la brevedad en la escritura, a las que responde que no recomienda a nadie decantarse por la brevedad a la hora de hacerse escritor.
De manera que Viaje al centro de la fábula se presenta como un texto, a la vez que pretexto, para conocer al autor. Lo cierto es que lo descubre sólo a medias, y en todo caso lleno de ambigüedades y dobleces; sabido es que hay que leerlo entre líneas y como ejemplo anoto esta afirmación esgrimida para liberarse de cualquier afán por ser reconocido como intelectual: «La inteligencia no me interesa mucho. El hombre, tan fallido, en su capacidad organizativa, en su capacidad de comprensión, me da lástima. Yo me doy lástima. Pero siento que hay que ocultarlo y por eso muchos de mis personajes están disfrazados de moscas, perros, jirafas, o simples aspirantes a escritores.» (pág. 96). En cualquier caso, el autor nos captura por su genial sencillez.


LA PALABRA MAGICA

Este mosaico de textos publicado en 1983, cuidadosamente ilustrado a todo color por la editorial Era, incluidos los 23 dibujos de Monterroso, contribuye a afirmar el carácter ecléctico y polifacético del autor guatemalteco. Como inicio, se inscribe una cita de un erudito romántico alemán, Joseph Freiherr von Eichendorff, que vivió entre los siglos XVIII y XIX, y que dice así: «Es preciso encontrar la palabra mágica para elevar el canto del mundo».

Con la finalidad de plasmar la magia del lenguaje, Monterroso escribe «Las muertes de Horacio Quiroga», «Recuerdo de un pájaro», «Novelas sobre dictadores», «Lo fugitivo permanece y dura» e «In illo tempore», textos que entran dentro del género del ensayo crítico y académico. En ellos se analiza y dirime una o varias facetas de la obra de autores importantes de las letras hispanas. El primero de los citados alude a la trágica vida del escritor Horacio Quiroga, quien escribió cuentos inigualables en la literatura universal; el segundo evoca los encuentros y vivencias con Ernesto Cardenal en 1944 en Ciudad de México, cuando el poeta y sacerdote nicaragüense todavía no se había metido en política y escribía versos sobre cine y bellas actrices; el tercero apunta reflexiones sobre excelentes autores como Miguel Ángel Asturias, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Alejo Carpentier, José Donoso y Augusto Roa Bastos, entre otros, los cuales contribuyeron con sus obras sobre dictadores hispanoamericanos a engrandecer la literatura en lengua española. Monterroso señala que don Ramón del Valle Inclán sería el precursor y padre de todos ellos; el cuarto ensayo dirime e indaga sobre las fuentes que Quevedo pudo haber consultado en su época de escritor del famoso soneto que se inicia con el verso «Buscas en Roma a Roma, ¡oh peregrino!»; el quinto texto argumenta distintas tesis en torno a la aceptación del escritor argentino Jorge Luis Borges como escritor universal. Para Monterroso, los cuentos de Borges son la prueba de que la literatura hispanoamericana está en el nivel más alto respecto al resto de literaturas del mundo.
Otros textos de los que se compone La palabra mágica como «Llorar orillas del río Mapocho» y «La cena» relatan anécdotas íntimas y personales del autor, quien, por otro lado, dedica en el titulado «Los escritores cuentan su vida», sustanciosas y ambiguas líneas para dirimir la importancia, necesidad o exigencia que sienten los autores, conocidos o no, de publicar detalles autobiográficos. La magia de las palabras se persigue, además, en varios textos exclusivamente versados en asuntos literarios como «La autobiografía de Charles Lamb», y «William Shakespeare», trabajos que reflejan una investigación detallada y minuciosa de un apasionado por la búsqueda de detalles minuciosos en torno a la vida de los escritores más versátiles; búsqueda que, por otra parte, llevó a cabo en las diversas bibliotecas que tanto gustó recorrer y consultar en sus numerosos desplazamientos geográficos.
Aparte de algunas sentencias inscritas aquí y allá a lo largo de las coloreadas páginas de la original edición y que remiten a autores tan dispares como Terenciano Mauro, Sören Kierkegaard, o Thomas de Quincey, entre otros, se inscriben dos textos muy cercanos al género cuento: «De lo circunstancial o lo efímero» y «Las ilusiones perdidas»: ambos tienen como común denominador la inscripción de la magia que supone la creación poética sobre la página en blanco.





LA LETRA E


En La letra e (fragmentos de un diario) (1987), Monterroso brinda a sus lectores la posibilidad de recuperar y compartir con él algunos momentos importantes de su vida entre 1983 y 1985. La obra participa del impulso autobiográfico propio de un género al que el autor había hecho alusiones concretas en obras anteriores. En La palabra mágica había reflexionado de forma ambigua ante la proliferación de escritores que contaban su vida, si bien señalaba que «sólo la forma de contarlo diferencia a los buenos escritores de los malos»; en Lo demás es silencio, se inscribía la biografía de un personaje ficticio, el escritor Eduardo Torres, de manera que, a sabiendas de la afición de Monterroso por experimentar en cuanto a formas literarias abiertas a nuevas necesidades de expresión, La letra e resulta ser la obra apropiada con la que se descubre en carne y hueso, tanto en lo personal como en lo profesional, ante sus lectores.
Pero, ¿llegamos a conocer, de verdad, a Monterroso a través de los fragmentos que componen La letra e? Está claro que en estas páginas no se revela un Monterroso único ni homogéneo, sino que, al contrario del yo absoluto que marca el relato autobiográfico, en La letra e, se apunta un yo plural y heterogéneo, gracias a la particular forma de presentarse: en todo momento necesita compartir y apoyar sus experiencias y reflexiones en los otros y, en último término, en los propios lectores.
Ahora bien, La letra e descubre a Monterroso en múltiples facetas, bien en relación con los espacios privados e íntimos, bien en relación con los públicos: se emociona antes las más pequeñas manifestaciones de la naturaleza, como un pájaro, una ola, un árbol; siente miedo ante una nueva publicación suya; adora viajar a ciudades en las que encuentra huellas de sus escritores preferidos, como París por Cortázar y Viena por Kafka; se siente feliz cuando recibe el Premio Villaurrutia en México; se enoja ante las críticas perversas hacia su obra; se intimida cuando tiene que presentarse ante el público para hablar de sus obras; odia las entrevistas; envidia a los escritores que tienen más éxito que él; ama a José Martí, a Centroamérica y a todo lo latinoamericano; defiende a los escritores comprometidos con las causas sociales y ataca el imperialismo norteamericano que abusa de los países del Tercer Mundo; participa como jurado en la concesión de diversos premios literarios y se siente angustiado ante la responsabilidad de ser justo; confiesa que un diario no tiene porqué revelar el verdadero «ego de un autor»; critica ciertas adaptaciones literarias clásicas para la literatura infantil; revela tener sentimientos de inferioridad, se muestra irónico ante sus propias confesiones en este diario de viaje; se muestra inflexible ante la hipocresía humana y desconfía de los elogios, aunque le suenen bien; le angustia escribir, al tiempo que le asalta la tentación de dejar esta tarea; le gustan las reuniones con los amigos, viajar en tren, ir a librerías donde puede adquirir buenos libros; le apasiona la música clásica; admira a Luis Cardoza y Aragón, también a Borges y a Cortázar, entre otros escritores latinoamericanos.
En suma, La letra e está escrito con la E de la estética más familiar a Monterroso, vale decir, la fragmentaria, la breve, la concisa, pero no por ello menos intachable, depurada y bella. También está escrito con la E de la ética monterrosiana: la de mostrarse desnudo, como escritor, ante sus lectores, para retarlos a que lo acepten, tal cómo él es, para siempre.
LA VACA

En Viaje al centro de la fábula, en 1981, Monterroso manifiesta su predilección por el ensayo breve e informal a la hora escribir. Tal afirmación queda corroborada con la publicación en 1998 de La vaca, una miscelánea de ensayos que tienen como denominador común el escribir propio y el ajeno, que es, por cierto, como ya es sabido por sus lectores, una constante en la obra de Monterroso. En este sentido, se hace eco de los postulados de Edward Saïd, quien retoma las propuestas de Giovanni Battista Vico, acerca de la repetición como modo de representación, y asegura que la repetición restaura el pasado al investigador, además de insertarlo en una línea de afiliación genealógica, en cualquier campo de la expresión.
La vaca (1998), sugiere múltiples resonancias textuales, tanto de los autores que Monterroso admira como de sus propias y anteriores obras: en título de esta obra remite a un cuento que escribió en Chile en 1954 y que luego publicó en Obras completas (y otros cuentos) en 1959; pero también restaura la primera vaca que se convierte en símbolo literario: se trata de la protagonista de un cuento de Leopoldo Alias Clarín, titulado «Adiós, cordera», que lo conmovió enormemente en su adolescencia; siguiendo con otras evocaciones de la vaca como objeto literario, menciona la de Rubén Darío, la de la fábula de Fedro, la del poeta Esenin y concluye con la vaca de Maiakosvski que da cornadas a la locomotora como imagen de ruptura, de apertura a nuevas formas de representación, pero que, inevitablemente evocan afiliaciones o sus contrarios. No hay mejor símbolo de innovación y originalidad, partiendo de la repetición, que la de apuntar a la vaca como título de una recolección de ensayos.
Prosiguiendo con su interés por las genealogías y afiliaciones literarias, Monterroso escribe a partir de otros textos, los de sus coetáneos, vale decir, Luis Cardoza y Aragón, Jorge Luis Borges, Juan Rulfo, Pedro Henríquez Ureña, o Juan Carlos Onetti, a quienes dedica sendos ensayos. En estos ensayos diserta sobre las que considera sus influencias literarias más notables: los clásicos latinos, los cronistas y Cervantes, entre los autores del pasado, Oscar Wilde, Italo Calvino y Julian Barnes, entre los contemporáneos; dos textos son especialmente recomendados por él a los lectores: se trata de las escuetas biografías de Desiderio Erasmo y de Tomás Moro, que confiesa haber traducido con delectación.
Monterroso afirma sus afiliaciones literarias por medio del artificio de la repetición, término que los académicos relacionan con el conocido como campo intertextual, y lo hace para desplegar su propio imaginario y hacer de los textos anteriores un homenaje a la fecundidad en la escritura, si bien La vaca se inaugura con un paradójico epígrafe de Mallarmé: «Toda abundancia es estéril». Sin duda, en Monterroso la escritura se manifiesta como paradoja, por un lado en tanto que fuerza creativa y poderosa, por otro lado en tanto que temor y angustia ante la desconfianza del propio hecho de la creación literaria. Para terminar, quiero destacar el texto titulado «Influencias» donde el autor declara abiertamente que las ha tenido desde muy joven y que se entrega cada día, con respeto, a la aprobación de las mismas, porque, en definitiva, reconocer sus influencias es un acto de conocimiento y de aceptación de sí mismo como creador.

LOS BUSCADORES DE ORO


En las primeras páginas de Los buscadores de oro (1998), la voz narrativa declara: «hoy, dieciocho de mayo de 1988, dos años más tarde, en la soledad de mi estudio en la casa número 53 de Fray Rafael Checa del barrio de Chimalistac, San Ángel, de la Ciudad de México, a las once y quince de la mañana, emprendo la historia que no podía contar in extenso aquella tarde primaveral e inolvidable de la Toscaza» (pág.12). De manera que Monterroso se dispone a enfrentarse, esta vez definitivamente, a la tarea de reconstruir su vida, es decir, a retornar una y otra vez al centro evasivo de una identidad enterrada en el inconsciente, hecho que constituye la escritura autobiográfica. Monterroso advierte, sin embargo: «Mi interés por las genealogías es nulo.

Por línea inglesa directa todos descendemos de Darwin». Una afirmación que contradice la recuperación detallada de sus ancestros: sus abuelos, sus padres, sus hermanos, sus tíos, sus primeros maestros; junto a ellos, la evocación emocionada y nostálgica de una serie de personajes que frecuentaban la casa paterna, «toreros, prestidigitadores, cantantes, magos o pintores, la mayoría fracasados y nostálgicos de éxitos imaginarios del pasado, pero al fin artistas» (pág. 107).

Ellos fueron los que dirigieron los pasos del niño hacia los territorios de la creación literaria.
Las diversas metáforas con las que Monterroso conforma su yo antinormativo y antitotalitario, son, en cierto modo, la inscripción del deseo del autor por desentrañar lo conocido hurgando en lo desconocido, base psicológica del proceso metafórico en relación con la escritura autobiográfica.

El escritor es imaginativo, construye imágenes y, de este modo, realiza el salto metafórico que une el presente al pasado. Monterroso se hace presente tal como se imagina en el momento que recuerda por medio de imágenes simbólicas o de metáforas imagísticas y, en este sentido, dos de ellas destacan sobre las demás: la de la ensoñación y la del exilio perpetuo.
En el capítulo II se anota un sueño del autor, que bajo los efectos de la fiebre, se identifica como uno de los tres niños buscadores de oro, una premonición de los viajes, las exploraciones, las aventuras que aguardan al niño que vive al lado de ese río portador de riquezas inconmensurables. Junto a la metáfora de la ensoñación, que posibilita la idealización de la infancia, destaca otra de tonos más dramáticos: la del «exilio perpetuo», que ha sido considerada como una especie de guía ética para cualquier creador que se ve obligado a vivir fuera de su lugar de origen. Monterroso desmitifica con ironía su condición de exiliado cuando afirma que nunca se ha sentido extranjero ni en Centroamérica ni en otro lugar, y asegura que no tiene raíces, que no es una planta y que para él, como escritor, ser ciudadano del planeta tierra es lo esencial.

El libro termina con una visión del autor al cumplir los quince años: unos negros zopilotes vuelan por entre las nubes inmaculadas y tranquilas de Tegucigalpa, de manera que plasman, de forma metafórica, la tristeza con la que el autor se despide de su infancia, pues la infancia ha dominado esta autobiografía que subvierte la norma y la disciplina inherentes al género. No en vano, culmina el relato de su vida al cumplir los quince años. Lo que no deja de ser un reto al lector y a la literatura.

PAJAROS DE HISPANOAMERICA

En una entrevista concedida al diario mexicano La Jornada, el 18 de abril de 1996, Monterroso disertaba acerca de los diferentes animales humanizados en sus fábulas y se le preguntaba qué animal, de los no incluidos, le habría gustado tratar. El autor contestaba que el lobo y añadía con su característico humor, evocando a Leibniz: «por aquello de que el hombre es el lobo del hombre». Lo contrario de esta afirmación se plasma en el último libro publicado por el autor guatemalteco, Pájaros de Hispanoamérica (2002). En efecto, este volumen recoge treinta y siete textos que plasman otros tanto retratos (incluido el suyo propio) de treinta y seis escritores latinoamericanos coetáneos suyos para rendirles un homenaje de admiración y de amistad.

Escritores convertidos en pájaros por obra y gracia de la hermosa metáfora, que Monterroso confiesa haber extraído del maravillosos texto precolombino Popol Vuh, que preside el volumen y dice: «Y sus hermanos mayores se admiraban de ver tantos pájaros». A propósito de esta recolección de textos biográficos señala en el «Prólogo»: «Los pájaros que aquí aparecen fueron atrapados por mí en momentos muy diferentes de mi vida y de sus vidas, con mi pluma como único testigo. Teniéndolos enjaulados en diversos libros en los que conviven con especies de otros continentes con las que se entienden bien y a veces mal, quiero ahora ponerlos en un mismo recinto, en el cual, si no libres, estarán por lo menos con los suyos, sin saber si todavía así aceptarán vivir juntos, cosa difícil entre volátiles de diferentes géneros y aun del mismo».
De manera que Monterroso se afilia, esta vez definitivamente, a una genealogía de personajes que tras tener en común las mismas raíces geográficas y culturales, también participan de la misma empresa que la especie de los pájaros: todos ellos escriben y, en sus palabras, cantan, vale decir, engrandecen la literatura en lengua española y también la universal con la magia de sus palabras, de sus textos, de su tarea creadora. Comienza la selección de retratos con el de Ernesto Cardenal, a quien precisamente, el autor había evocado en La palabra mágica en un texto que llevaba por título «Recuerdo de un pájaro» y que evocaba al poeta nicaragüense como un pájaro tropical, exótico, brillante e inteligente, predispuesto a cantar las bellezas, pero también las tristezas de la vida en su obra.

A este le siguen otros pájaros, unos muy famosos y conocidos por sus cantos, otros menos, porque se han quedado en la antesala de la fama literaria. Entre los primeros: Miguel Ángel Asturias, Jorge Luis Borges, Juan Rulfo, Julio Cortázar, Ernesto Sábato, César Vallejo, Luis Cardoza y Aragón, José Emilio Pacheco, y Juan Carlos Onetti; entre los segundos, Manuel Scorza, Ninfa Santos, Rubén Bonifaz Nuño, José Coronel Utrecho, René Acuña, Adam Rubalcava, Tarcisio Herrera Zapién y Carlos Illescas, por mencionar algunos.